No era el mejor colegio de todo el mundo; ni siquiera era el mejor colegio de la ciudad o del barrio, pero muchos de sus alumnos, sea por la razón que sea, se consideraban extremadamente y extrañamente superiores.
La primera vez que lo vi me sentí asustado. Cielos, era como un reformatorio. Por fuera, sus muros de ladrillo visto, sus ventanas con cristales no siempre relucientes y con los bordes quemados por multitud de mecheros y con la pintura formando desconchones, no era de lo mejor.... Por dentro algo cambiaba, pero no mucho. Tenía un parque de arena donde los mas pequeños se dedicaban a romperse los cráneos contra los suelos de cemento que sujetaban los maltrechos columpios. Alguien, ahora mismo no recuerdo quien, me dijo que había manchas indelebles de sangre en el suelo de la pequeña, sucia y decrepita enfermería... no me extrañó.
En el centro del pequeño parque de arena había un gran charco que, según me dijeron mas tarde, era perenne desde los primeros días de Octubre, con las primeras lluvias, hasta que estaba bien avanzado el mes de Abril, o hasta que el director ordenaba llenarlo de arena, por la multitud de quejas de los padres que decían que sus hijos llegaban manchados de barro y que daban un asco impresionante.... Pero este charco, el mismo en el que contemplé una imagen sucia de mi mismo, es el charco de la historia de este colegio... por este mismo charco, el colegio de "Santa Condunia la manca", tiene el nombre por el que yo lo conocí, al igual que muchas personas que llegaron a este barrio después de que yo llegase: Majara Beach.
La primera vez que escuché el horrible nombre en inglés (Soy de los puristas que siempre desean una prevalencia del idioma autóctono y aquí se tiene la maldita costumbre de perder el nombre por apelativos en inglés o en ruso, ya que ahora esta de moda ese idioma) se me pusieron los colores... "¿y por qué lo llaman así?" pregunté. Nadie lo sabia muy bien. Pero es normal escuchar una conversación parecida a esta:
‑ Eh...¿donde vais?
‑ Al Majara Beach; van a pelearse dos de tercero y se promete autentica sangre.
‑ ¿Hoy cobran?
‑ supongo que no, es el día de la santa de la escuela.
Al principio me quede asustado al escuchar este tipo de cosas. Poco después recibí una invitación expresa del director del centro, cuyo nombre no diré por temor a represalias... Bueno, se llamaba Ulpiano Teteno, pero todos le llamaban el "tetilla" por su costumbre de chuparle cierta parte de la anatomía de las chicas a las que se llevaba de paseo a cualquier lugar donde pudieran estar a solas.
Estuve varias veces en el colegio, a veces de incógnito y otras veces invitado. En el bar me acostumbré a escuchar las historias de los alumnos... una me llamó particularmente la atención. Hablaron sobre un extraño hecho que tuvo lugar cuatro años antes de que yo llegase allí. Unas veinte personas sufrieron un accidente que no llegó a los periódicos Dios sabe por qué.
Entre sus rumores de leyenda negra y el extraño reverencionismo con el que pronunciaban el nombre Moe Cocon, comencé a reconstruir las historia. Busque el historial de Cocon en el ordenador del colegio y en los archivos. Me llené de polvo pero no llegué a nada en claro... lo que significaba que Moe no había existido o que había sido más listo que todos y había borrado las huellas de su existencia en aquel lugar. No había fotos, no había notas ni cuadernos ni registros médicos sobre su salud... pero hubo algo que Cocon dejo detrás de si: Los profesores y las profesoras. El nombre les impuso respeto y nadie parecía muy dispuesto a hablar de Él. Aquello enervó mi imaginación, ¿quién demonios había sido aquel tipo?. Al final, con mucha sutileza y un montón de bebidas, conseguí la historia, o lo que pude reconstruir a través de los fragmentos que me dieron.
Aquí esta la historia, os prometo que todo lo que en ella se cuenta es real... como la vida misma.
miércoles, 7 de enero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario